martes, 24 de junio de 2014

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Los pacientes anglosajones te lo ponen, por lo general, más fácil. Ayer atendí a una mujer, creo que inglesa, en mi consulta. Técnicamente, o sindrómicamente, tiene una tetraparesia con signos intensos de denervación. Los estudios neurofisiológicos apuntan a una Polineuropatía Axonal, pero no pueden descartar la posibilidad de una enfermedad de motoneurona, en cuyo grupo se encuentra la temida ELA. Cuando vi su nombre en la lista sentí angustia. Aún no he conseguido llegar al diagnóstico, sé que no será fácil, y probablemente al final del camino se llegue a una puerta que dé miedo traspasar. Pensaba en cómo hablarle de las posibilidades diagnósticas, de las pruebas que habría que repetir y de otras nuevas, y dolorosas, que más adelante tendría que hacerle. Además, todo ello en inglés, aunque eso no era del todo malo, pues en inglés mis palabras pierden mi emoción. En el momento difícil, cuando iba a comenzar, ella sacó unos papeles impresos, fácilmente reconocibles como los frutos de una búsqueda en Google, que hablaban sobre la ELA, y me preguntó abiertamente si ella tenía esa enfermedad. De verdad, es mucho más fácil cuando el paciente pregunta, así uno está seguro de que quiere Descargar blackmart alpha

Pero aún estoy como al principio. ¿Debe decirse toda la verdad? Sinceramente, yo creo que sí. A una Residente le dije una vez: “¿Todavía no lo sabe? Tenéis que decírselo, aunque la familia no quiera. Tiene derecho a saberlo. Imagina que tuviese una amante y quisiera despedirse de ella” Como el título de aquella película, nadie conoce a nadie, no podemos ni imaginar qué haría cada cual con su vida si supiese que va a terminar pronto. Yo recuerdo a Libre. ¿Cómo habrían sido sus últimos años de vida si no hubiese conocido el verdadero alcance de su enfermedad? Cuando dudo, la recuerdo.
Navegando por el ciberespacio he llegado hasta VSAntivirus, una página que se ocupa de informar sobre amenazas informáticas en forma de virus, correos spam y/o fraudulentos, etc. Allí he encontrado la historia de una página argentina, en la que con sólo hacer clic en un botón se dona comida para niños necesitados, basándose en que ese botón lleva hacia un mensaje publicitario, que paga por número de clicks. De esta forma se puede donar de forma gratuita. Es más, si se hace página de inicio, uno hace una donación cada vez que abra el explorador de Internet. ¿No es una buena forma de empezar a navegar? He decidido dejar el botón, en primer lugar aquí, a la derecha, en este post. Dejaré otro permanente en los enlace.

Contaba que hacía hoy un camino inverso porque la página argentina me ha recordado a una paciente, mejor dicho, a la hija de una paciente. A mi paciente la veo por temblor y ansiedad, síntomas que, al menos en parte, le causa su hija. Bueno, la preocupación que ella siente por su hija. Aunque ni siquiera la conozco, le voy a poner un nombre... Generosa. Y he elegido este nombre porque esta chica, joven (no recuerdo si algo más o algo menos de 30), empaquetó su vida y se la llevó a Argentina, donde trabaja en una de las ONG que están intentando paliar las consecuencias de la grave crisis que vienen sufriendo allá. Abandonó una cómoda vida, a su familia, a sus amigos, para marchar lejos, donde creía que hacía falta. Pero no ha estado mucho tiempo sola. La locura la asaltó con su cara más tierna, irresistible, haciéndola adoptar cuatro niños, cuatro hermanos que vivían malviviendo entre la calle y la chabola.

A veces el mundo nos parece feo, y ciertamente a veces lo es. A veces te encuentras con personas que te hacen avergonzarte de ser persona, con desastres naturales que te hacen mirar con temor la línea del mar por unos días, con fanatismos que te hacen desear que el hombre no hubiese sido nunca capaz de fabricar ideas. Pero otras veces, otras personas te hacen sentir pequeño, te hacen admirar su fuerza. Y sonríes.

viernes, 20 de junio de 2014

Casanova

Ultimamente, me cuesta escribir. Hay varias razones para ello. Pensaba que había perdido la ingenuidad con la que comencé, creyendo que nadie iba a leerme. Sé que no sois cientos, como se dijo en el reportaje, pero sí sois un buen puñado al que poco a poco me he ido ligando. Al principio, escribía sin importarme nada, como cuando en mi adolescencia era yo el único lector de mi diario. Paulatinamente fuisteis llegando, no cientos, peo sí decenas de personas que con palabras me transmitían su afecto. Un afecto que al principio no comprendí bien, pero que después me inundó a mí al navegar por vuestros diarios. Quizá al ver como alguien compartía sus risas conmigo, otro sus cabreos, otro sus esperanzas, otros sus desilusiones... Y en mi rincón, cuando alguien ha creído que atravesaba un mal momento, ha intentado empujarme con palabras. Poco a poco, mis escritos han ido importándome, cada vez más, porque me habéis ido importando vosotros. Eso me ha hecho dudar, a veces en cada palabra, y quizá es la verdadera razón de que haya escrito menos. Ahora estoy tratando de aprender a hablaros desde la convicción de que estáis ahí y me importáis. No creáis que no sigo entrometiéndome en vuestros rincones, pero si es verdad que más sigilosamente.

Hoy quisiera escribir por una llamada que no he podido hacer. Me dió el recado la secretaria, esta mañana. Había llamado la esposa de un paciente, llamémosle Casanova. Quería decirme que no vendrá a la próxima cita, no vendrá porque ha fallecido. Padecía una enfermedad de motoneurona, una atrofia espinal progresiva, algo parecido en los síntomas a la ELA, pero más lento en su evolución y final. Con él y su familia viví una victoria y una derrota. Una victoria, cuando les pude asegurar que no era una ELA. Una derrota, cuando no pude llegar a un diagnóstico distinto al referido, a un diagnóstico que hubiese proporcionado la esperanza de un tratamiento. Si les consoló el saber que, al menos, su enfermedad le concedía algo más de tiempo que el que habían pensado en un principio.

Por su enfermedad, se tuvo que hacer varias veces una prueba llamada electromiograma. Y cada vez que tengo que llamar a mis compañeras de allí me preguntan por él. Le han acabado tomando cariño, y ellas, con su forma de tratarlo, conseguían que una prueba dolorosa le resultara mucho más soportable. En la última revisión, hace sólo un par de meses, bromeé con él y su familia al respecto. Advertí a su mujer que tuviese cuidado, que las "chicas" de electromiografía me preguntaban mucho por él, y le dije que ya no iba a mandarle más aquella prueba, pues si no iba a terminar por engañar a su esposa con una de ellas. Rieron.