Ultimamente, me cuesta escribir. Hay varias razones para ello. Pensaba que había perdido la ingenuidad con la que comencé, creyendo que nadie iba a leerme. Sé que no sois cientos, como se dijo en el reportaje, pero sí sois un buen puñado al que poco a poco me he ido ligando. Al principio, escribía sin importarme nada, como cuando en mi adolescencia era yo el único lector de mi diario. Paulatinamente fuisteis llegando, no cientos, peo sí decenas de personas que con palabras me transmitían su afecto. Un afecto que al principio no comprendí bien, pero que después me inundó a mí al navegar por vuestros diarios. Quizá al ver como alguien compartía sus risas conmigo, otro sus cabreos, otro sus esperanzas, otros sus desilusiones... Y en mi rincón, cuando alguien ha creído que atravesaba un mal momento, ha intentado empujarme con palabras. Poco a poco, mis escritos han ido importándome, cada vez más, porque me habéis ido importando vosotros. Eso me ha hecho dudar, a veces en cada palabra, y quizá es la verdadera razón de que haya escrito menos. Ahora estoy tratando de aprender a hablaros desde la convicción de que estáis ahí y me importáis. No creáis que no sigo entrometiéndome en vuestros rincones, pero si es verdad que más sigilosamente.
Hoy quisiera escribir por una llamada que no he podido hacer. Me dió el recado la secretaria, esta mañana. Había llamado la esposa de un paciente, llamémosle Casanova. Quería decirme que no vendrá a la próxima cita, no vendrá porque ha fallecido. Padecía una enfermedad de motoneurona, una atrofia espinal progresiva, algo parecido en los síntomas a la ELA, pero más lento en su evolución y final. Con él y su familia viví una victoria y una derrota. Una victoria, cuando les pude asegurar que no era una ELA. Una derrota, cuando no pude llegar a un diagnóstico distinto al referido, a un diagnóstico que hubiese proporcionado la esperanza de un tratamiento. Si les consoló el saber que, al menos, su enfermedad le concedía algo más de tiempo que el que habían pensado en un principio.
Por su enfermedad, se tuvo que hacer varias veces una prueba llamada electromiograma. Y cada vez que tengo que llamar a mis compañeras de allí me preguntan por él. Le han acabado tomando cariño, y ellas, con su forma de tratarlo, conseguían que una prueba dolorosa le resultara mucho más soportable. En la última revisión, hace sólo un par de meses, bromeé con él y su familia al respecto. Advertí a su mujer que tuviese cuidado, que las "chicas" de electromiografía me preguntaban mucho por él, y le dije que ya no iba a mandarle más aquella prueba, pues si no iba a terminar por engañar a su esposa con una de ellas. Rieron.
No hay comentarios:
Publicar un comentario